La negativa de Estados Unidos a extender el T-MEC por 16 años y el colapso de las negociaciones con Canadá han activado el escenario de un tratado en “modo zombie”: vigente en el papel, pero sujeto a revisiones anuales y a presiones arancelarias crecientes. Mientras Ottawa y Washington escalan su guerra de tarifas, el Gobierno mexicano asegura que está cerca de acordar con la Casa Blanca un esquema específico para acero, aluminio y autos. El desenlace definirá el clima de inversión, empleo y comercio de México en los próximos meses.
T-MEC en ‘modo zombie’: riesgo real para México tras el choque entre Washington y Ottawa
El fracaso de EU y Canadá y las tensiones arancelarias abren una fase de alta incertidumbre

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T-MEC en ‘modo zombie’: riesgo real para México tras el choque entre Washington y Ottawa
La revisión de medio término del T-MEC, que muchos esperaban como un trámite, abrió una de las etapas más inciertas para la integración de América del Norte desde la firma del antiguo TLCAN. Estados Unidos decidió no extender por 16 años la vigencia del tratado y activó la cláusula que lo mantiene hasta 2036, pero bajo revisiones anuales, mientras al mismo tiempo escalaba una guerra arancelaria con Canadá y amenazaba con nuevos gravámenes a acero, aluminio y autos.
Qué es el ‘modo zombie’ del T-MEC
En este contexto, la expresión “modo zombie” se ha instalado en los análisis de riesgo soberano y fue retomada por medios como El Economista a partir de advertencias de Fitch Ratings: el tratado seguiría existiendo, pero sin la certidumbre de un horizonte de 16 años y con la puerta abierta a una negociación permanente.
El diseño original del T-MEC contemplaba dos caminos en 2026: o los tres países acordaban extenderlo automáticamente por 16 años, o se mantenía la fecha de terminación en 2036 con una revisión anual durante la década restante. Al optar por este segundo carril, Washington conserva la capacidad de presionar cada año con exigencias de contenido nacional, cambios regulatorios o nuevas amenazas arancelarias, sin abandonar formalmente el acuerdo ni asumir el costo político de romperlo.
Dónde se atascan los socios
El fracaso más visible ha sido el de las conversaciones con Canadá. Tras una breve “tregua” en los gravámenes del 50% a ciertos metales y productos, Ottawa y Washington intercambian ahora tarifas recíprocas sobre un amplio abanico de exportaciones, con impactos directos en acero, aluminio y vehículos ensamblados en territorio canadiense. El gobierno canadiense acusa a la Casa Blanca de introducir demandas de última hora inaceptables, y ha retirado a su equipo negociador, dejando congelado cualquier entendimiento en el corto plazo.
Con México, el tono es distinto pero no exento de fricciones. La Secretaría de Economía y el USTR han celebrado ya varias rondas bilaterales, oficialmente en el marco de la revisión conjunta del T-MEC, pero con un peso central de los temas arancelarios: la aplicación de nuevos gravámenes globales al acero y al aluminio, y la amenaza de tarifas a autos y autopartes. La presidenta mexicana ha calificado de “injustos e insostenibles” los incrementos hasta 50% en estos metales y ha instruido a su equipo a buscar un acuerdo que proteja las cadenas de valor norteamericanas.
Estados Unidos, por su parte, utiliza la revisión para insistir en mayores contenidos estadounidenses en los vehículos producidos en la región y en ajustes a reglas de origen, lo que México y Canadá rechazan por considerar que encarecería la producción e inhibiría inversión nueva.
Riesgos para México: autos, manufactura y agro
En el corto plazo, el riesgo principal no es un colapso inmediato del T-MEC –que las tres capitales siguen descartando–, sino una erosión gradual de sus beneficios. Un tratado en “modo zombie”, acompañado de guerras arancelarias selectivas, puede ser suficiente para congelar proyectos de inversión en el sector automotriz, donde México ha construido su mayor plataforma exportadora hacia Estados Unidos. Cada punto porcentual adicional en costos de acero y aluminio golpea márgenes en plantas de ensamble y autopartes altamente integradas con proveedores estadounidenses y canadienses.
La manufactura en general, que se ha beneficiado de la tendencia de “nearshoring”, también enfrenta un choque de confianza. Aunque México mantiene, en promedio, aranceles de entrada a Estados Unidos mucho más bajos que competidores como China, la posibilidad de revisiones anuales introduce una prima de riesgo que puede retrasar decisiones de relocalización o empujar a algunas empresas a diversificar hacia otras regiones.
El sector agroalimentario, menos expuesto a las nuevas tarifas sobre metales pero muy dependiente del acceso preferencial al mercado estadounidense, podría convertirse en rehén de futuras rondas de presión. Analistas advierten que productos sensibles como carnes, frutas, hortalizas o azúcar podrían enfrentar medidas compensatorias o cuotas si las tensiones escalan, aun cuando el arancel nominal bajo el T-MEC siga siendo cero.
Escenarios para los próximos meses
Para los inversionistas y el empleo mexicano se abren tres escenarios principales en el corto plazo. El primero, y más benigno, es un “acuerdo mínimo” en el que México y Estados Unidos pactan excepciones o cupos que blinden del todo –o casi– a las exportaciones que cumplen las reglas del T-MEC de los nuevos aranceles al acero, aluminio y autos, mientras las revisiones anuales transcurren con cambios limitados.
Un segundo escenario es un “modo zombie duro”: el tratado permanece, pero Washington recurre de forma recurrente a instrumentos unilaterales para castigar sectores específicos, desde metales hasta agroalimentos, como herramienta de negociación. Esto no implicaría necesariamente una recesión inmediata, pero sí un crecimiento más bajo y un clima de negocios más volátil, similar al que Fitch ha asociado a una eventual ruptura del T-MEC, con impactos de hasta dos puntos del PIB en un horizonte de varios años.
El tercero, menos probable en los próximos meses, sería una retirada formal de alguno de los socios, algo que por ahora ninguno ha puesto sobre la mesa. Aun sin llegar a ese extremo, la señal enviada por la negativa estadounidense a renovar el acuerdo y por el choque con Canadá obliga a México a prepararse: diversificar mercados, fortalecer su marco interno de certidumbre regulatoria y usar lo que resta del año para amarrar, al menos, un blindaje parcial para sus sectores más expuestos.
Análisis y resumen ampliado
La primera revisión sexenal del T-MEC terminó con Estados Unidos rechazando su renovación en el formato actual y empujando al acuerdo a un esquema de revisiones anuales hasta 2036, lo que analistas han descrito como un posible “modo zombie”: un tratado que formalmente sigue vivo, pero pierde previsibilidad y queda expuesto a guerras arancelarias. En paralelo, las pláticas entre Washington y Ottawa fracasaron y derivaron en una escalada de tarifas recíprocas sobre acero, aluminio y productos automotrices, mientras que México intenta tomar distancia de ese choque. Autoridades mexicanas sostienen rondas bilaterales con la Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos y afirman que están cerca de un entendimiento que limite el impacto de los nuevos gravámenes sobre acero, aluminio y vehículos que cumplan con reglas del T-MEC. El reportaje analiza los puntos de conflicto y los escenarios para inversión, empleo y comercio mexicanos.
Fuentes y referencias
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